Jorge Campos, Cuauhtemoc Blanco: México y nubes

Entre el surf y los aztecas, Jorge Campos y Cuauhtémoc Blanco.

Solo tenemos que movernos unos grados de longitud más allá. Será el calor bochornoso del verano, será que la pasión por el fútbol –ese fútbol verdadero de los tiempos de Jorge Campos y Blanco– se nos pega como la salitre del Tirreno o del Adriático. Pero la mente se va sola. Cuando estamos tumbados en la tumbona en la playa, armados solo con el bañador y la Gazzetta bajo el brazo, estamos a merced de la soledad del campeonato terminado y la enésima repetición en televisión de la Copa América con todos sus futbolistas sudamericanos. 

Y entonces sucede que, con ojeras marcadas, el rostro decididamente cansado y la cabeza pensativa, colgamos la camisa de lino en la sombrilla. Unos niños, unos metros más allá, juegan al balón, pero hay un futbolista experto que atrae particularmente nuestra atención. Tiene el balón entre los pies, parecería ser el más imaginativo de su equipo, los dos defensores lo cubren, el radio de acción está prácticamente cerrado. Allí, en ese momento exacto, pueden haber dos tipos de finales: o la acción termina definitivamente o la fantasía toma el control. Y con la típica actitud despreocupada que solo a esa edad se puede tener, ese niño decide seguir el instinto y la fantasía. Aprieta el balón entre los pies y salta alto, sorteando las tibias de los defensores que lo presionan y saliendo de ese callejón sin salida.

Es en ese momento cuando ya no puedes entender dónde te encuentras, si en tu solito balneario en Castiglione della Pescaia o en alguna playa de Yucatán. Quizás has visto demasiada Copa América, pero ese gesto te trae a la mente a un jugador que viene precisamente de ese país: Cuauhtémoc Blanco de la Ciudad de México.

Blanco, cita ineludible con los Mundiales

Cuauhtémoc Blanco habrá intentado esa jugada miles de veces en alguna playa mexicana, desde pequeño. Pero es el único e inolvidable futbolista mexicano que ha preservado esa fantasía brillante y genuina de un niño, trasponiéndola fielmente a los campos de fútbol profesionales. De hecho, los aficionados del Chicago Fire lo llamaban "The King". Pero otro apodo lo acompañó durante toda su carrera: "El Tiburón".

Blanco, nacido en Tlatilco, un antiguo pueblo de origen precolombino de la Ciudad de México hace 46 años, es uno de los jugadores más fuertes de la historia de México. Nace ya con unas premisas épicas, gracias al nombre elegido por su madre: Cuauhtémoc, como el undécimo y último emperador azteca. Y él, en efecto, es el último gran soberano del fútbol mexicano, capaz de marcar en tres mundiales diferentes:

  • 1998 en Francia;
  • 2002 en Corea;
  • 2010 en Sudáfrica

 

La cuauhtemiña

Blanco tiene la humildad de quien ha crecido en los campos de tierra, en un país increíblemente complicado y grande como México. Uno que la fama no lo cambió, que "es igual que un camarero o cualquiera que trabaje en un club". Con esa modestia logró ganarse el corazón de millones de aficionados, por la naturalidad con la que realizaba gestos extraordinarios en un campo de fútbol. Sobre todo después del 13 de junio de 1998.

Estadio de Gerland, Lyon, durante el Mundial de Francia se juega el partido inaugural del grupo E entre México y Corea del Sur. Tras el gol de ventaja de Corea con Seok-Ju Ha, México remonta el partido con tres goles (Peláez y doblete de Luis Hernández). Pero no es el partido lo que ha capturado los ojos del mundo entero, sino lo que sucedió después del empate de México en el segundo tiempo. Cuauhtémoc Blanco recibe el balón por la izquierda, Min-Sung Lee y Sang-Yoon Lee lo cierran, cubriéndole el radio de acción.
El resultado es pura magia: "El Tiburón" aprieta el balón con los pies, encuentra un hueco entre las rodillas de los dos jugadores coreanos y salta sobre ellos, saliendo de ese callejón sin salida. Así nació la célebre "cuauhtemiña", un regate inmortal, legendario, a veces irregular según el reglamento, pero que hizo soñar a los amantes del balón, mexicanos y no.

 

El Club América

Blanco es reconocido como una leyenda en México no solo por su trayectoria con la Selección Nacional, sino también por las numerosas temporadas con el Club América, su auténtica segunda piel. Y pensar que en Europa las posibilidades de poder probar sus dotes futbolísticas fueron realmente pocas: su única experiencia fuera de las fronteras sudamericanas y americanas fue en el Real Valladolid, en 2002, por una fugaz temporada.

También podría haber jugado en Italia, si no hubiera sido por los problemas burocráticos que bloquearon su traspaso al Catania en 2008. Después de su carrera futbolística, que terminó en 2015 a los 42 años, decidió incursionar en la política, ganando inmediatamente en 2018 las elecciones para convertirse en gobernador de Morelos.

Señal de que el talento, si se tiene, sirve para cualquier ámbito.

La Recopa, en resumen, reflejaba la meritocracia y el deseo de estar presente.

Jorge Campos, el Surfer

Alguien que vio la "cuauhtemiña" desde una posición privilegiada ese día es un excompañero de equipo de Blanco, otro artífice de la historia del fútbol mexicano. Un hombre que demostró cómo el fútbol sudamericano es pasión, talento, pero también extravagancia y locura, esa sana locura. Jorge Campos reescribió, a su manera, las reglas del fútbol moderno, fue a su manera un parteaguas entre el lúcido exceso del fútbol sudamericano y el esquemático y encorsetado de la era moderna.
Bastaría una frase para describirlo: un portero que, si la ocasión lo requería, jugaba de delantero. Un número 1 con la camiseta número 9. Campos fue el portero que defendió la portería de la Selección Nacional durante más de diez años, de 1991 a 2004, y fue capaz de marcar aproximadamente 38 goles a lo largo de su carrera.

Era el portero volador que en las playas de Acapulco, donde nació, arrancaba con el balón en los pies para marcar el gol decisivo en la arena al final del día.

Cuando Arlequín desafió al sistema

"El brody" en el campo lo notabas enseguida, tanto si estaba quieto entre los postes como si te lo encontrabas exultante por un gol. Su peculiaridad inconfundible era el uniforme, dos tallas más grande, diseñado por él, con esos colores llamativos que lo hacían único en el mundo. Una característica que, junto con la de ser el "portero volador" por excelencia, lo haría hostil a Sepp Blatter. Si en el Mundial de 1994 el entonces presidente de la FIFA prohibió a la selección mexicana el uso de "Jorgito" en el doble papel de portero-delantero, en 1998 fueron los famosos uniformes personalizados los que fueron prohibidos. Un auténtico veto destinado a limitar la popularidad que Campos logró obtener en esos años, gracias a esas particularidades tan únicas. Que, por cierto, le valieron la aparición en uno de los spots más famosos de Nike en 1994. Este tiro al blanco, sin embargo, no hizo más que aumentar el aura mítica de "el surfer". Futbolista casi por casualidad, ese hombre de 168 centímetros de altura, después de haber probado cualquier deporte, arrastró sus orígenes de surfista a un campo de fútbol. Cabalgando cualquier ola ideológica. Mostrando una imagen nueva, llamativa. Tanto como sus uniformes fosforescentes.

Jorge Campos, el Arlequín que desafió al sistema.

Gracias a la pluma de CasaBaggio.

 

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