René Higuita, la temporada cero de Narcos
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¿Cómo hizo René Higuita, uno nacido bajo el signo de virgo, para quedar grabado en el imaginario colectivo por un “escorpión”? Una pregunta extraña en esta época futbolística cada vez menos pasional.
Pero fundamental a unas cuantas paralelas de distancia, entre el Trópico de Cáncer y el de Capricornio, en los 90.
Que luego casi parece contar personajes de series de televisión. Casi como si abriéramos Netflix, entre un episodio de Stranger Things y otro de Narcos. Porque del cartel de Cali al de Guadalajara no hay mucho. Un auténtico clic, un cambio entre las temporadas de la serie inspirada en la historia de Pablo Escobar. Piensen si el portero de la selección de fútbol de Colombia de aquellos años, estuviera ligado precisamente al narcotraficante más famoso de la historia. Nacido en los años sesenta en la ciudad donde murió Escobar, en Medellín. María Dioselina trae al mundo un niño llamado René. René Higuita.
El Loco del Barrio
La infancia de este niño está marcada primero por la ausencia de un padre, luego por la prematura desaparición de su madre. Se refugia, como todos los niños criados en las calles del barrio, en el fútbol. Nace como un discreto delantero, pero crece admirando las hazañas de Hugo Gatti, portero de Boca Juniors y de la Selección argentina. Al final logrará, también él como Jorge Campos, mezclar las dos vocaciones. Será el portero de la selección colombiana del 87 al 99. Pero también logrará marcar alrededor de cincuenta veces en el transcurso de su carrera. Pero este portero, de ciento setenta y dos centímetros de altura con esa inconfundible melena rizada, logrará reinventar su rol anticipando años lo que sus colegas ni siquiera podían imaginar en la época. Fue uno de los primeros porteros en usar los pies, sin retroceder ante los regates y también tirando muchos tiros libres en ataque.
René Higuita es el icono colombiano que ha dividido a su país, al mundo y al fútbol. Un cóctel ingenioso de genio y locura, con una gran dosis de rebelión. Es hijo de esa Colombia de entonces y en el campo fue su representante indiscutible, junto a su compañero de equipo (y de cabellos) Valderrama. Como siempre, el campo pinta como un fresco de Botero la síntesis de lo que Higuita fue y será para siempre: “El loco”.
El Escorpión de Wembley
Londres, 6 de septiembre de 1995. Inglaterra se enfrenta a Colombia en un amistoso en su estadio.
Jamie Redknapp recibe el balón desde la derecha e intenta una vaselina desde parado. El disparo no es irresistible, la parada parece predecible, pero es allí donde lo obvio se encuentra con la ingeniosa locura del portero de los Cafeteros. Higuita se eleva del suelo con perfecta naturalidad, espera a que el balón sobrepase la cabeza, mide el equilibrio para la zambullida y golpea el balón con los talones en una ejecución impecable. Un gesto simple, de rutina para “el loco”, que no se descompone lo más mínimo y sigue jugando como si nada hubiera pasado. Es allí donde él, nacido bajo el signo de virgo, será recordado por los siglos como el auténtico inventor de la “jugada del escorpión”.
“René Higuita está completamente loco, pero es un crack.”
Nunca una mejor relación podría haber redactado el entonces ojeador del Atlético Nacional de Medellín. Pero esa figura rizada encarna perfectamente los aspectos más controvertidos de un país como la Colombia de aquellos años. La cocaína, el alcohol, la amistad con Pablo Escobar, la cárcel. En Sudamérica no te apodan “El loco” por casualidad. Higuita tuvo una gran amistad con el poderoso narcotraficante, razón por la cual en 1993 fue incluso arrestado por mediar en la liberación de un amigo, ligado a Escobar, secuestrado por los Narcos. Razón por la cual se perdió el Mundial de USA ’94, con fuertes repercusiones en la opinión pública de su gente. Altos y bajos que pintan nítidamente la que sin duda es una de las figuras más discutidas y recordadas del fútbol mundial.
Quizás era mejor ir a dormir que mirar impávidos ese Colombia-Paraguay en repetición a las 3 de la mañana. Sucede que uno se encuentra con sueños nostálgicos de este tipo, en novelas tan llenas de historias y personajes míticos, que nos hacen imaginar que estamos en playas de diferentes partes del mundo. Pero es mejor así, porque el fútbol es también y sobre todo esto: inspiración e imaginación. Volar con los pensamientos y descubrir personas y lugares nuevos. Es percibir a un niño que juega con sus amigos en los duros callejones del barrio. Es la esperanza de que esa alma tan cruda, genuina y dura aún pueda existir en el fútbol. Porque al final, quienes hacen el fútbol son los hombres, en todas sus facetas. E Higuita lo sintetizó, a su manera, de la mejor forma: “No estoy orgulloso de todo lo que hice, soy solo un pobre pecador”.
Y en el fondo, querido “Loco”, lo somos un poco todos.
Gracias a la pluma de CasaBaggio.